Recuerdos desde la cuarentena

Exactamente 6 de febrero de 1997, 8:00 AM. Enciendo un cigarrillo, con portentosa
ansiedad y con muy poco contacto con la realidad, recostada y largando el humo
bruscamente, que intenta huir hacia la ventana, pero aún no la he abierto. Me fumo
otro cigarrillo, luego otro, otro y otro hasta acabarme la cajilla de Winston, que me
envió Violeta -entre otras cosas- de EE.UU. Winston, marca de cigarrillos creada por la
misma compañía tabacalera estadounidense que Camel R.J.Reynolds Tobacco, en
1954. Tres cajas acabadas en menos de día y medio. Son mis predilectos. Además,
tengo una necesidad inmensa de fumar.

Siento el pestillo de la puerta bajar. Abren la puerta. Es Vivian, la enfermera, quien
cálidamente me anuncia.

  • ¡Buen día, buen día, buen día! ¡Es hora del electroshock! Vístete, recuerda no tomar
    una sola gota de líquido ni comer y antes de entrar a la sala, orina. No tengas miedo.

Nos dirigíamos como en manada hacia la Sala de Electroshock la cual está adjunta a
la Sala de visitas, y unos cuantos esperaban su turno allí, ya que el sueño, la psicosis
y la depresión eran de carácter intenso. Éramos unos cuantos que nos encontrábamos
aterrorizados por el desconocimiento de no saber si lo que nos pasaba era reversible.
O no. Terror hacia monstruos imposibles, hacia una intangibilidad devoradora y una
realidad abolida, el normal funcionamiento invalidado y anulado. Mi vida
enterísimamente derogada y revocada, como ya hecha carroña para los cuervos
hambrientos. Sin duda, estaba habitada. Sentía mi cabeza con un corsé rígido, el cual
aprieta y aprieta, y el tan solo pensar, duele, y mucho. Y no se puede no pensar. Y No
puede entonces no doler.

Miré el reloj que tenía en mi muñeca derecha y marcaban las 8:25 AM, me encendí un
cigarrillo y me senté en el piso sosteniéndome la cabeza, sosteniendo la poca realidad,
mi poca vida. 8: 27 AM oigo gritar mi apellido y apago el cigarrillo contra la pared. Mi
turno, por fin. Pasé. Entré a la Sala de Electroshock. Un tanque enorme de oxígeno, el
color blanco predomina la sala y en ella, tres camillas, de las cuales dos están
ocupadas. La otra me corresponde a mí. Antes de recostarme en la camilla, me
sorprendo por el sonido de la respiración de los otros dos que “duermen”. Es una
respiración extremadamente exagerada, parecen ronquidos de leones, aun así, el
cuerpo permanece bastante quieto. Solo los pies y las manos se mueven. Me acosté
en la camilla, de hecho, me ayudó el ayudante del anestesista. Colocación de
electrodos. Aguja cargada con anestésico de efecto rápido. ¡Acción! La boca se me
abre y la mandíbula se contractura y…

15 minutos.

El ayudante me despierta, agarrándome el cuerpo, que ya no era cuerpo -pesaba unos
poquitos kilos- para poder levantarme y que me lleven mi cama y dormir unas cuantas
horas. Al despertarme, pregunté a Vivian si yo había pasado por aquella Sala, y me
dijo que sí. Que tan solo no lo recordaba, ya que existe una cierta obnubilación de la
conciencia, los que generalmente desaparecen en las horas siguientes al tratamiento.

9 de marzo de 1997, 4 pm. Recibo una carta de alguien que no recuerdo quien es. El
TEC me hizo muy bien, no obstante, mi memoria se encuentra bastante demolida.

“Sé que tu realidad durante estos días, tembló, como nada en el mundo puede
temblar, sé que fue el peor de los peores fríos que sentiste en tu vida.
Estoy en Asheville Carolina del norte, EE.UU. Lugar donde provienen tus cigarrillos
predilectos. En un par de días te envío un pasaje. Te ama, Violeta”

15 minutos

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