Relatos con Memoria

Relato con Memoria

Creo que era martes, no recuerdo bien, yo unos 5 años, sí recuerdo que hacía mucho frío, eran vacaciones de julio… si la memoria no me falla. Mis viejos no estaban, y yo estaba al cuidado de mi abuela. Yo jugaba cerca de la estufa, sobre una alfombra de esas como de lana, con muchos flecos. La estufa era de queroseno, arriba tenía como una especie de hornilla o algo parecido y sobre ella siempre una lata con agua y cocos de eucaliptos, “pa’ evitar la gripe”, decía Doña Tota, que, así, creía yo se llamaba la abuela, es decir: Doña de nombre y Tota de apellido.

Ese día (y ahora que los pienso, sea seguramente este uno de los primeros recuerdos que tengo de mi niñez) la abuela estaba como rara, iba de un lado a otro, miraba por la ventana, se asomaba al balcón, luego caminaba, y, a su vez, horneaba unas galletas, que a mi me encantaban, o al menos eso me dijeron por años.

De repente se escucha el timbre, la abuela muy rápido baja las escaleras para recibir a alguien. Era rara esa gente, parecía que no querían entrar, se fueron rápido a un cuarto, que durante mucho tiempo nadie usaba, pero aunque eran muchos igual todos se fueron a ese cuarto, con algunos bolsos, parecidos a los de la escuela, pero mucho más grandes. Algunas personas eran grandes y había una niña, algo más pequeña que yo, pero no hablaba, y no quiso jugar ese primer día.

Luego, la rutina: llegaron mis padres a bañarse, comer y dormir. Los niños deben dormir con el capitán Piluso. Creo que pasaron varios días, no sé cuántos, recuerdo que esa gente prácticamente no salía de su habitación, salvo una señora, que era muy parecida a mi abuela, que solo pasaba por la cocina, tomaba algunas cosas para comer y nuevamente se metía en ese misterioso cuarto. Luego de un tiempo, al llegar de la escuela, mi abuela me dijo que invitara a la niña a jugar. Por esos tiempos yo jugaba mucho con los ladrillitos, esos de colores con los que se pueden armar muchas cosas. Y así fue, ese día, por primera vez, jugué con la niña de la habitación misteriosa, y así transcurrieron algunas tardes más.

Luego de un tiempo, supongo que en la primavera, al llegar de la escuela, ellos ya no estaban. La puerta de la habitación estaba abierta y no había nadie adentro, ni las personas grandes, ni la niña, nadie. La curiosidad me llevó a preguntar por mi nueva amiga, y la abuela, con la voz muy rara, me dijo: “se fueron, se fueron lejos”. Como todo niño de esa edad seguí preguntando, si volvían, si podíamos ir a su casa, y las respuestas, me di cuenta con el tiempo, fueron todas muy evasivas, sin decir nada. Solo una cosa me quedó clara: no estaban .

Años después,siendo ya un adolescente, ordenando cosas viejas en las que había recuerdos de mi abuela que había fallecido unos cuantos años atrás, encontramos, entre algunos objetos, unas fotos, aquellas de cámara Polaroid, las que se imprimían en el momento. Ahí aparecía una niña de ojos grandes y trencitas, dos señoras que no sabía quiénes eran, mi abuela y yo, todos en el balcón de la casa de la abuela merendando las famosas galletas. Y aunque pregunté quiénes eran, enseguida recordé esa niña, la de la habitación. Recordé esas trencitas, su carita redonda, y recordé ese momento, el de la gente rara llegando a la casa. En ese momento se hizo un silencio , que para mi fue eterno, mis padres con voz muy entrecortada, intentaron darme una explicación con menos sentido que la que había dado mi abuela aquel día que ellos ya no estaban. Que eran amigos de otro país, que habían venido de visita, que eran medio familiares que estuvieron un poco tiempo y se volvieron a su país, pero algo no me cerraba, De forma repentina, mi padre tomó el resto de las cosas y las puso en una caja, y las guardó arriba de un ropero en su habitación. Días después, mientras mi madre servía la cena, mi padre encendía la estufa a leña, el silencio era ruidoso , la tv apagada, a pesar de que era un clásico que a la hora de la cena se escuchara el informativo, pero ese día no.

Cuando estuvimos todos sentados, mis padres comenzaron a hablar sobre cosas de la vida, cosas que estaban pasando y, por primera vez, la palabra dictadura entró en mis oídos. Tenía alrededor de 13 años, cuando ellos me contaron que en el país, hacía tiempo, los militares habían tomado el gobierno por la fuerza, que habían pasado muchas cosas feas, y que a mucha gente solo por pensar distinto la habían puesto presa, a otros los habían expulsado del país, y algunas cosas peores. Hasta allí llegó esa charla, era el invierno de 1983. Y como por arte de magia, o capaz por esa libertad que mis padres comenzaron a presentir, empecé a escuchar palabras como dictadura, democracia, elecciones, exilio, presos políticos, y otras por el estilo.

Ahí comenzó mi adolescencia política, pero me llevó un tiempo más vincular que estas conversaciones familiares que mis padres habían iniciado tenían un vínculo directo con aquellas fotos y con aquella gente rara que pasaron esos meses en una habitación de la casa de mi abuela. El tiempo siguió transcurriendo, la TV en aquella época empezaba a las 18 horas, primero con la señal de ajuste, un montón de rayas de colores y con una suerte de música de fondo, y empezaban con algún programa para niños, alguna telenovela y el informativo de las 20. Así era la TV en Montevideo por aquellos años.

Cuando llegaba del liceo, la radio era la compañera de la familia, tanto mi madre como mi abuela escuchaban a Marieta Caramba, y empezó a ser popular un hombre en la radio a la que la gente lo conocía como Germán. Al mismo tiempo, en mi casa, una vez por semana, venían una cantidad de personas, traían pizzas, tortas, y hasta hacían asados, y hablaban mucho de política, de actividades, si bien no recuerdo bien el orden, son todos recuerdos entrelazados. Luego entendí que eso era un Comité de Base del Frente Amplio, obviamente en los libros de historia que leíamos en ese entonces, no había ningún partido llamado Frente Amplio, pero como un curso intensivo fui entendiendo muchas cosas, era uno más en ese comité. Creo que hasta se podría decir que en algún momento generamos la prejuventud del Frente, porque con el tiempo, esas personas comenzaron a traer a sus hijas y a sus hijos, y armamos una banda hermosa, nos divertíamos mucho, y, en etapa adolescente de varios de nosotros, era algo nuevo y muy interesante.

Otros recuerdos son ir en auto a muchas caravanas, cuando llegaron músicos muy conocidos, y que yo, ya a esa altura, reconocía perfectamente: Zitarrossa, Los Olimareños, y alguno más. Recuerdo actos políticos, y algunos locales, que pintados de rojo, azul y blanco empezaron a aparecer por el barrio, sí, los comités del Frente Amplio.

Fui absorbiendo la felicidad de esas personas, de mis padres y de algunos vecinos, que cada día se los veía más felices por reunirse horas y horas a hablar de política, de lo que se venía. Uno de esos días era domingo y los adultos vendían comida y nosotros nos encargábamos de preparar los choripanes para la gente que se acercaba. Ese día venía alguien conocido para muchos, a dar una charla. No recuerdo quién fue, pero su voz cálida y el silencio impresionante de toda la gente al escuchar, me llamó la atención. Se estaba hablando de que en algunos días, muchos de los presos políticos serían liberados. Había cosas que se empezaban a saber y, sobre todo, por primera vez en mi vida escuché la palabra desaparecidos , o, al menos, por primera vez yo le daba el significado que esa palabra encerraba. Vi a mi padre mirarme fijamente, asombrado, creo, por la concentración que yo tenía escuchando a ese hombre, con tan solo 13 años. Al instante, también veo a mi madre que me miraba de la misma forma. Junto a ellos se encontraba una señora bastante más vieja que mi madre, que no tenía idea quién era, pero que me miraba con la misma emoción que mis padres. Recuerdo esto y se me eriza otra vez la piel. Al rato la reconocí, era una de las señoras de la foto, y ahí mi cabeza explotó. Empecé a intentar armar el rompecabezas pero faltaban piezas, o no encajaban de ninguna forma. La señora estaba sola, había llegado sola y se fue sola.

De regreso a casa, caminando desde ese comité, mis padres intentaron rearmar el rompecabezas, sin mucho éxito. Ya mas tranquilos en nuestra casa, y luego de, calculo yo, respirar profundo mas de una vez, apareció esa verdad , esa historia de aquella gente rara. La señora mayor era prima de mi abuela, y aquella tarde de julio, luego de que su yerno fuera detenido por los militares y liberado algunos días después, estaba escondida en nuestra casa con su consuegra, su hija y su nieta, hasta que, no sé bien de qué forma, pudieran escapar del Uruguay. El primer paso fue Argentina, para luego seguir hasta Francia donde parece que tenían algunos parientes. Lograron llegar a Buenos Aires, pero al poco tiempo, en un operativo por la noche, los militares argentinos detuvieron al matrimonio y la niña. Es lo último que se sabe de ellos, esto ocurrió un 19 de mayo de 1976. Al día siguiente, un 20 de mayo, fueron encontrados en Buenos Aires los cuerpos sin vida de los ex diputados uruguayos Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz junto a los ex militantes guerrilleros Rosario del Carmen Barredo y William Whitelaw.

Hoy se cumplen 44 años, hoy la niña de las trencitas, la de cara redonda tendría, o tiene, 48 años. Esa abuela, que murió también un 19 de mayo pero de 1990, se fue sin saber nada de su hija ni de su nieta. Hoy hace 44 años que ellos, que ellas, siguen estando secuestrados por estos asesinos, por ese Estado represo. Hoy 44 años después, hay miles de personas que seguimos buscando porque queremos saber:

¿Dónde Están?

Son Memoria

Son Presente

Este relato de ficción surge de hechos reales, es un ensamblaje de muchas historias, algunas vivencias mías, y otras de personas cercanas. Es, entonces, ficción y realidad. Es sobre todo memoria de lo que sufrimos muchas y muchos sudamericanos que nacimos y crecimos con las dictaduras fascistas de las décadas de los 70 y 80.

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